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Ilustración: una mujer en un podio levanta el dedo índice ante el público; entre los asistentes, un hombre con sombrero llora y otro se lleva la mano a la cabeza.

Tulancingo

Afinidad, popularidad y otros saltos

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“Qué perfil queremos de compañero o de compañera que represente, en este momento, las tareas de organización”.

Así comenzó Ariadna Montiel la descripción de los perfiles que Morena busca para sus representaciones estatales, distritales y municipales. Después cerró con una frase menos protocolaria y mucho más reveladora:

“Porque puede haber alguien muy popular que sea afín a otra fuerza política y, pues, ¡eso no lo queremos aquí! Aquí queremos gente que sea afín a nuestro movimiento, ¿no?, porque es el proyecto que representamos”.

En política, cambiar de partido no debería escandalizar a nadie. Las personas cambian de opinión, los proyectos se transforman y las circunstancias también. Lo curioso es cuando las convicciones nuevas aparecen, casi siempre, al mismo tiempo que cambia el mapa electoral.

Tulancingo empieza a vivir precisamente esa temporada. De pronto surgen coincidencias que durante años parecían imposibles, antiguas diferencias se vuelven pequeños detalles y algunos personajes descubren que aquello que antes observaban desde lejos ahora representa exactamente lo que siempre habían pensado. La política tiene esas casualidades.

Nada ilegal. Nada extraordinario. Pero sí bastante interesante. Porque una cosa es evolucionar políticamente y otra muy distinta encontrar, justo antes de una elección, que el partido con mayor fuerza resulta ser también el espacio que mejor interpreta nuestras convicciones más profundas.

La diferencia está en los antecedentes. Tulancingo conoce bien una forma de hacer política donde cambian los colores, pero permanecen los grupos; donde se modifican las siglas, pero sobreviven los acuerdos; donde determinados personajes parecen tener una extraordinaria capacidad para estar siempre cerca del lugar correcto, independientemente de quién ocupe ese lugar. A veces cambia el partido. El método no tanto.

Traducido del solemne lenguaje partidista: los aplausos ayudan, pero no alcanzan para obtener el certificado de autenticidad morenista. Morena acaba de aplicar ese criterio en la definición de sus coordinaciones estatales. La encuesta puede medir conocimiento, aceptación y cercanía, pero no sustituye la identidad política. La puerta está abierta para sumar, al parecer, aunque no necesariamente para entregar las llaves. Falta saber quién expedirá las constancias de afinidad y cuántos años de militancia harán falta para obtenerlas.

Por eso, rumbo a 2027, quizá resulte insuficiente preguntar solamente quién aparece mejor colocado en una encuesta. También será interesante revisar de dónde viene cada uno, con quién caminaba hace algunos años, qué defendía entonces y qué tanto se parecen aquellas convicciones a las que hoy presume.

La nueva doctrina partidista parece sencilla: la popularidad abre la conversación, pero la afinidad decide quién se sienta a la mesa. En Tulancingo, sin embargo, habrá que distinguir entre las conversiones auténticas y esas iluminaciones políticas que, por misterios de la providencia electoral, suelen presentarse cuando se aproxima el reparto de candidaturas.

Porque los chapulines no siempre cambian de convicciones: a veces solamente cambian de jardín. La encuesta contará preferencias; Morena dice que también revisará identidades. La memoria, menos científica pero bastante útil, contará los saltos.